No todos los castigos duelen.
Algunos excitan.
Algunos enseñan.
Y algunos… te quiebran tan lento que suplicas que no terminen nunca.
Esa noche, él no habló.
Solo me miró con esa calma peligrosa de quien ya decidió todo.
Me pidió que me arrodillara en silencio.
Me tomó del mentón y me hizo repetir:
“Soy tuya. Incluso cuando no lo merezco.”
La frase ardió más que cualquier mano.
Porque sabía lo que venía.
Y aun así, lo dije.
Me colocó frente al espejo.
Me hizo mirarme mientras él elegía entre el cinturón, la vara o su palma.
Escogió las tres.
Me corrigió como quien esculpe.
Cada golpe tenía su razón, su pausa, su ritmo.
Y yo… lloré.
Pero no de dolor.
Lloré porque entendí que para él, cada parte de mí es sagrada.
Y lo sagrado también se disciplina.
Esta noche no quiero que me entiendas.
Solo que imagines cómo sonaban mis súplicas cuando él me ordenó que no cerrara las piernas…
Y yo obedecí.
Ivannia 💋
Añadir comentario
Comentarios